¿Y ahora, qué futuro nos espera?.

El candidato de la derecha había prometido y solicitado al país “un encuentro” en torno a sus propuestas.

No fue la noche de un día agitado. La jornada electoral de ayer transcurrió con normalidad y los resultados oficiales confirmaron ganador al candidato Guillermo Lasso que obtuvo, según datos oficiales del CNE, el 52,7% por sobre su contendor Andrés Arauz que alcanzó el 47,7% de los votos válidos. Arauz reconoció la victoria de Lasso a la que calificó de “un traspiés electoral”, pero en ningún momento como una “derrota política”. Con este gesto democrático de reconocimiento de resultados, el país en calma entró en un compás de espera de la proclamación oficial del presidente electo.

La campaña de la segunda vuelta confirmó que la política, entre consensos y disensos, sigue siendo el arte de hacer que las cosas sucedan. Y las circunstancias sucedieron conforme lo planificado en sus estrategias por el candidato que obtuvo la mayor votación luego de remontar 20 puntos respecto de los votos obtenidos en la primera vuelta. Para algunos observadores era pocos menos que imposible pero lo fue, a partir del giro estratégico que Lasso dio a su campaña.

El candidato de la derecha, consciente de que había en disputa más de un millón y medio de votos de los postulantes derrotados en primera vuelta, dirigió su mensaje a ese segmento de población -jóvenes y mujeres-, en procura de sintonizar con sus aspiraciones. En apariencia lo consiguió, con un discurso emocional y una vestimenta informal.

Mientras que el candidato Arauz no hizo campaña para los “no convencidos” de su propuesta, y siguió fijando su atención en los partidarios propios, sin lograr incrementar la decisión de voto a su favor. Este habría marcado el primer error: no hacer campaña para los que no se cuentan como voto duro; y el segundo, confiar en una encuestadora que no dio suficiente soporte a su campaña.

Todo el tiempo Clima Social auguró la victoria de Arauz, pese al descenso que habría experimentado el candidato en la intención de voto después del debate, para luego terminar reportando un “empate técnico” en el Exit Poll final. La empresa Cedatos, desde un principio reportó los avances de Lasso, y luego del Exit Poll realizado el domingo, dio como seguro ganador a Lasso por más de tres puntos de diferencia sobre su contendor.

Mas allá de las cifras, existen realidades políticas que ambos candidatos finalistas manejaron de diferente manera. Arauz no mostró una clara política de alianzas con sectores de trabajadores organizados, jóvenes y mujeres de sectores y colectivos sociales. Viejas rencillas del progresismo con el movimiento indígena pasó factura al joven candidato de la tendencia, cuando el apoyo de última hora del presidente de la Conaie, Jaime Vargas, le habría perjudicado en lugar de fortalecer su campaña por el rechazo que experimentó en Quito y que se expresó como  tendencia al voto nulo y voto favorable a Lasso en la provincia de Pichincha donde hay más de 600 mil em esa condición voto.

De última hora brillaron las incertezas en la tienda progresista con un candidato que nunca se pronunció sobre la cuestionada gestión del alcalde de Quito, tema sensible para los habitante de la ciudad.

El CNE, organismo electoral cuestionado desde un principio por la forma de organizar el proceso, recibe en el último momento, estratégicamente, toda la confianza ciudadana para enfrentar la proclamación de resultados. Las cifras que entregó el CNE resultaron creíbles e indiscutibles en el imaginario colectivo, mientras que denuncias internacionales de un supuesto fraude electoral nunca fueron tomadas en serio, ni menos investigadas, peor comprobadas.

Borrón y cuenta nueva en el papel. Mientras tanto en la realidad, el país conserva su historia y, en el mejor de los casos marca el paso en un presente que sigue siendo difícil de encarar en el futuro, a partir de las expectativas políticas generadas por la victoria de Lasso. El candidato de la derecha había prometido y solicitado al país “un encuentro” en torno a sus propuestas. Como promesa de campaña sonó atractiva, seguramente, pero como realidad postelectoral desde la presidencia de un gobierno de minoría resulta cuesta arriba. Un 28% no asistió a votar, no lo hizo por Lasso, y el 47,7% lo hizo por Arauz.

El flamante presidente electo requiere construir espacios de gobernabilidad, difíciles de conseguir con minoría en una Asamblea Nacional de 137 legisladores, y un bloque oficialista minoritario en un legislativo que mostrará la dinámica de tres fuerzas principales: Centro Democrático-Fuerza Compromiso Social con 48 curules progresistas; Pachakutik con 27 curules; ID con 18 asambleístas, prematuramente auto declarados de oposición; la bancada PSC con 19 curules y CREO con 12 asambleístas oficialistas. Los 13 restantes están repartidos entre 10 movimientos minoritarios.

En términos cualitativos, la política tiene otras expresiones. El llamado “encuentro” propuesto por Guillermo Lasso en el país postelectoral no deja de ser un aspiracional. Un reencuentro de la derecha politica y económica con un país empobrecido y endeudado, sin fuentes de empleo con una crisis sanitaria fuera de control, es otra cuesta empinada que obliga a sus políticos a sintonizar, ahora sí en la realidad concreta, con las aspiraciones ciudadanas de empleo, salud educación, seguridad social, etc., que son temas enfrentados a la pregunta: ¿Como responderá el Estado a estas demandas, o lo se lo hará con la empresa privada, como prometió Lasso involucrar en el plan de vacunación de su próximo gobierno?

El país del rencuentro es una utopía derechista que está en la cabeza del presidente electo, y que requiere encontrar eco en un Ecuador dividido por la pobreza y por las posturas ideológicas que generan diversas desconfianzas.

El progresismo dejó sembrado un campo minado con temas de una agenda nacional como la dependencia del FMI, endeudamiento agresivo e ininterrumpido del Estado a los organismos multilaterales, derechos laborales amenazados por la flexibilización del trabajo, derecho civiles de la mujer, de la juventud, minorías étnicas y sexuales desprotegidos y que están pendientes, acceso a la salud eficiente y oportuna, acceso a la educación en todos sus niveles, seguridad social con cobertura estatal y seguridad ciudadana frente a la delincuencia organizada, son temas de una agenda social en el contexto de una reactivación económica y vacunación en pandemia que el gobierno de Lasso no podrá soslayar, y que está obligado a asumir de inmediato.

La carpeta de pendientes que arroja el resultado electoral requiere de una amplia gobernabilidad que, al mismo tiempo, supone recuperar la confianza popular en las instituciones. El país que surge fraccionado después de la campaña amerita, cierto es, de unidad que no es mera cuestión de voluntad. Hay que ver para qué nos vamos a encontrar, entre quiénes y cómo. En otras palabras, Ecuador decidió marcar el paso en la historia y reiterar el modelo neoliberal ya conocido, solo que remozado por promesas de campaña.

El encuentro propuesto por Lasso está montado sobre el mismo escenario político que codujo a Ecuador históricamente a la crisis, a merced de las mismas políticas neoliberales de un modelo empresarial que condenó al país a la miseria. ¿Qué encuentro puede haber en ese escenario cuando el temor frente al futuro es real? Un factor esencial de cualquier intento de unidad nacional pasa por la sinceridad del propósito y claridad de sus objetivos. Y otra condición que la derecha liberal olvidó hace siglos: la democracia formal en la expresión más llana de sus fundadores, es el gobierno del pueblo para el pueblo. Para intentarlo, primero hay que granjearse ese título, caso contrario prevalecerán dos países divididos por la historia. Uno anclado al pasado, otro que clama justicia social en un futuro inmediato.

Por: Leonardo Parrini (Periodista. Fotógrafo) – Tomado del portal La palabrabierta.

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