Sí, yo maté a mi hijo

Del muro de Jon Kokura

El 11 de septiembre de 1973 la señora Josefina Santa Cruz, estaba feliz, eufórica. Desde el balcón de su lujoso departamento, en pleno centro de Santiago de Chile aplaudía a rabiar a los militares golpistas que pasaban rumbo al Palacio de la Moneda a matar la constitución, la democracia. A matar al Presidente Allende.
La señora Josefina Santa Cruz le ordenó al mayordomo poner la bandera de Chile colgando del balcón. Y reprendió a la mucama porque sacó la bandera de la cómoda arrugada y sin planchar.
Mientras el Palacio de la Moneda era bombardeado por aviones a reacción de la Fuerza Aérea… Josefina Santa Cruz se acordó de su hijo.
El abogado Roberto Guzmán Santa Cruz.
Un joven de 25 años. Idealista, militante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario), hijo único de la fina, conservadora y acaudalada señora Santa Cruz.
Josefina tuvo una breve inquietud por la suerte de hijo adorado. Como una brisa fría que de golpe abre una ventana mal cerrada.
Pero no. Nada malo le podía pasar a Roberto, su niño amado y compañero de vida, porque Josefina había enviudado muy joven. Ellos pertenecían a la arrogante alta burguesía chilena.
Todas sus amistades eran de derecha y extrema derecha.
La misma señora Santa Cruz militaba en el movimiento de ultra derecha «Patria y Libertad». El odio hacia el gobierno del socialista Salvador Allende y al pueblo chileno era visceral.
Por eso estaba tan contenta el día del golpe de estado.
Creyó que Roberto, aún con su militancia y sueños a la izquierda del corazón estaba a salvo por portación de apellido.
Josefina Santa Cruz se equivocaba.
Su hijo fue detenido el 14 de septiembre. Lo torturaron durante 32 días.
El 16 de octubre de 1973 lo fusilaron junto a otros 14 trabajadores.
Testimonio de Magdalena Hemard de Guzmán la esposa de Roberto:
«El mismo día que asesinaron a Roberto, mi esposo, viajé a La Serena. La mañana del 17 de octubre me dijeron que siguiera las huellas de un camión en el cementerio de La Serena y lo hice. Encontré un pozo tapado con dos lozas de cemento. Todo estaba cubierto de cal, parecía talco mojado. No sé de donde saqué fuerzas, quizás de la desesperación que me inundaba el alma, pero corrí una de las lozas y me arrodillé. Había un olor extraño y cientos de moscas verdes salieron buscando la luz… Y ahí estaban, todos muertos. Apilados contra la pared, cubiertos de cal, manchados de sangre desde donde habían entrado las balas. Todos baleados en el corazón. Me quedé paralizada ante la macabra escena de ver el cuerpo de Roberto, mi esposo, el amor de mi vida, el padre de mis hijos acribillado. Arrojado en una fosa común como un animal. Fue ahí cuando apareció el administrador del cementerio y con insultos me echó del lugar. Tenía terror que los militares descubrieran que yo había visto la infinita maldad de que eran capaces».
—¿Señora Josefina Santa Cruz ¿Quienes son los culpables de la muerte de su hijo…?
—Primero Augusto Pinochet, porque él mandaba todo. Después el general Sergio Arellano Stark porque fue enviado por Pinochet a torturar y asesinar seres humanos… Y también yo… Sí, yo soy culpable porque estuve con los que clamaban por un golpe de estado… Nosotros, los civiles golpistas le abrimos la puerta a los asesinos y permitimos este genocidio, esta atrocidad… Yo soy la culpable de la muerte de Roberto, mi niño, mi único hijo. Sí, yo maté a mi hijo…
Josefina Santa Cruz temblando termina de hablar.
La mucama a la que un 11 de septiembre retó por no haber planchado la bandera le ofrece un vaso de agua.
La señora Santa Cruz no puede beber el agua.
Ofrece disculpas y se cubre el rostro… Sin poder contenerse, rompe en llanto.

(Fuente; Libro «Los zarpazos del puma» de la periodista Patricia Verdugo y archivos varios sobre la dictadura de Pinochet)

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