Prefiero que me vendan utopías, no la realidad basura actual

Por María Dolores Roura

En medio de aquella década, ganada para algunos y perdida para otros, debo reconocer que tal vez un poco ilusa y con unas ganas inmensas de que aquello ocurra, creí que el Ecuador podía llegar a ser una isla de desarrollo, justicia y felicidad, porque tenía todo para lograrlo: una geografía única, tierra fértil, un clima ideal, la mayor biodiversidad del mundo, el mejor camarón, el mejor cacao, el mejor plátano, el mejor atún, fuentes hídricas inagotables… en fin, todas las condiciones estaban dadas para ser el pequeño país más grande del mundo.

Me parecía que al fin estábamos en el camino correcto, claro que había piedras en el camino, pero entendí que con ellas también se podía construir. Debo decir que algunos juegos de cintura que trataban de capear los malos vientos, no me convencían del todo, pero al final de cuentas sentí que avanzábamos.

Con seguridad no faltará quien diga, muy probablemente con razón, que gran parte de esa ilusión fue el resultado de una propaganda gubernamental bien orquestada por esos magos de la publicidad, que nos vendían esperanzas adornadas con ilusiones ópticas que amplificaban la realidad, cierto será, pero de que supieron vendernos certezas es una realidad, de lo contrario no se entenderían las 14 elecciones ganadas sin lugar a dudas y ese respaldo popular que no decayó hasta 2017 cuando la traición y la propaganda se dedicaron a neutralizar el optimismo para convertirlo en desesperanza, desilusión, desencanto.

Ahora somos el pequeño país más grande del mundo en corrupción, persecución e inseguridad.

Prefiero que me vendan utopías y no la realidad basura con la que hoy tenemos que vivir.

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