Muerte y sangre en medio de un modelo penitenciario fracasado

Gases lacrimógenos en la cárcel de Turi, en Cuenca. (Foto tomada de RT).

Del muro de Ángel Vera

El país está conmocionado. Han sido asesinadas 79 personas en cuatro cárceles del país, 38 de ellas en la prisión de Cuenca: en las redes sociales circulan videos de presos linchados, acuchillados, descuartizados, decapitados, extraído el corazón de uno de ellos en una fiesta macabra como en la peor película de terror. Una masacre planificada simultáneamente en las cuatro prisiones, muestra del total descontrol de las cárceles y absoluta falta de reacción de las autoridades de las prisiones que no supieron ordenar el ingreso de la Policía para proteger la vida de los presos atacados.

Y el culpable de la peor masacre en las cárceles del país es… Lenin Moreno, dicen unos; otros culpan a los “neoliberales” que eliminaron el Ministerio de Justicia como si con él los presos hubieran vivido en un idílico paraíso; los de más allá responsabilizan a Correa porque supuestamente «sacó» la base de Manta… se les achaca culpables a todos ellos, a todos menos al modelo penitenciario impuesto a garrotazos de ciego con grandes dosis contradictorias de represión e ingenuidad sin límites.

Factores de mayor fondo causantes de la violencia son el auge del crimen organizado, bandas que se disputan el territorio nacional y hasta el control de las prisiones, pero si un grupo de presos son capaces de extraerle el corazón a su rival a cuchillo limpio se ve una causa más profunda de la violencia: la absoluta deshumanización y desequilibrio mental y espiritual de estas personas en el mundo del delito, así que el tratamiento sicológico previsto en la Ley para los detenidos no existe y, si existe, no sirve, incluso surge una inquietud peor, la imposibilitad de rehabilitar a esas personas.

Sistema penal, colapsado

Es el modelo penal el colapsado y es de temer que ni las leyes, ni el trato a los presos, ni el sistema de previsión del delito se hayan hecho basados en estudios de Criminología, de una forma que se mitigue, evite los delitos y procure resarcir sus efectos en la sociedad.

Según la Constitución, la prisión debe ser la última medida para sancionar a alguien pero contradictoriamente se impone la prisión con preferencia a otras sanciones, como el servicio comunitario; además se endurecieron las penas del Código Penal y creció mucho la población en las prisiones, lo que trajo hacinamiento y conflictos en las mismas; otro factor fue el terrible error de la construcción de cárceles gigantescas porque mientras más grandes peor, pues se pierde el control de las mismas.

Un problema más es que la llamada rehabilitación no se produce. El Código Penal en la Ejecución de las Penas tiene dosis de ingenuidad y poco pragmatismo, pues supone que el condenado comprenderá buenamente su error, trabajará en la cárcel, ahorrará lo que le paguen para indemnizar a su víctima, dar un dinero a su familia y tener un fondo para cuando salga libre.

Solo que para que esto funcione (y sabemos no es así) las cárceles deberían ser grandes fábricas donde el trabajo sea obligatorio para todos -de manera que tengan todo su tiempo ocupado- y el acceso a los talleres no sea un privilegio para los que se portan bien…

Los prisioneros cometieron crímenes y el sistema penal debe procurar medios para reducir su tendencia a la violencia y reincidir en el delito, lo que acaso sea difícil o imposible con quienes viven en el crimen con graves desequilibrios de su personalidad, siempre en guardia, creyendo que los demás son enemigos a los que hay que matar. Puntos suspensivos para decir que el grave y permanentemente desequilibrado de la mente y el alma no debe estar en la cárcel, sino en el manicomio.

Debería buscarse un sistema que, respetando su condición humana, neutralice su peligrosidad. Sin embargo, si en la prisión –como siempre las contradicciones- se suprimen sus visitas, se les traslada arbitrariamente, se rompe sus lazos familiares al tiempo que están más amenazados en la cárcel que afuera de ella, ellos mismos actuarán contra un sistema carcelario de a perro y si sienten que nadie les controla y tampoco defiende, luchan contra sus enemigos con el asesinato. También hay que señalar un déficit muy grande de guías penitenciarios.

Si al mismo tiempo las cárceles son postgrados del crimen, con cabecillas de bandas criminales presos pero dirigiendo sus organizaciones desde dentro, el control de las cárceles es un cuento: ingreso de armas, drogas, celulares que no solo ingresan sino que funcionan y transmiten, sin que nadie explique cómo los celulares de los delincuentes funcionan desde dentro de la prisión, pero los comunes no funcionan en la puerta de la cárcel.

Amenazas mortales

La declaración de una funcionaria de la cárcel de Cuenca sobre la reciente masacre deja sospechas terribles. Lo que vivimos no fue un amotinamiento ni un enfrentamiento común de presos sino de un ataque premeditado, previa invasión contra el pabellón de presos de máxima seguridad, perpetrada por los presos supuestamente menos peligrosos.

Cómo serían de menos peligrosos que pudieron cortar con amoladoras las puertas metálicas para entrar a la matanza al pabellón de más “peligrosos”: y entonces surgen interrogantes de espanto:  ¿Quién ideó este ataque?, ¿por qué se lo permitió si supuestamente ya detectaron esas intenciones?, ¿cómo consiguieron los atacantes tantas herramientas para romper puertas metálicas, tantos cuchillos y armas de fuego?, ¿quién les proveyó de ellas y cómo las pasaron?… y si estamos asustados por los crímenes de ahora no quiero imaginarme las venganzas que vendrán…

Nos sentíamos ahogados en la corrupción, en la podredumbre, en la inoperancia del peor gobierno en cincuenta años; ahora, a los que creíamos los peores males sumamos el más siniestro de los ingredientes: sangre.

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