Las notas del violonchelo inundan la Calle del Artista, en Cuenca

Eduardo Falcón demuestra sus habilidades musicales.

 

Llegó la noche de este martes 25 de agosto, en compañía de su amigo Roger. Buscaron el hospedaje más económico, recorrieron una pocas calles y “de forma inmediata me enamoré de esta ciudad”.

Tras el reparador descanso, una oración en procura de la bendición del día y rumbo al lugar donde le recomendaron: la Calle del Artista, la Mariscal Sucre, al pie de la enorme Catedral de Cuenca.

Se acerca el medio día del miércoles y las melodías que brotan con excepcional pureza desde la boca del violoncello, inundan el monumental ambiente de la histórica calle, paralizando a quienes tienen el privilegio de vibrar junto a las más bellas notas musicales.

La energía del arco sobre las cuerdas, y la velocidad y precisión de los dedos de Eduardo Falcón, venezolano de 23 años de edad, le arrancan a la caja de madera notas de prístina musicalidad. Los sonidos del silencio, del estadounidense Paúl Simon; Nocturno, de Federico Chopin; o Para Eliza, de Ludwin van Beethoven, se escuchan con excepcional armonía. Es un mágico momento en el que desaparecen las angustias por la supervivencia.

Eduard Falcón, inició su formación musical a los 15 años de edad en el Conservatorio Nacional de Música Simón Bolívar, de Caracas, Venezuela, y poco después su versatilidad le ubicó en el Sistema de Orquestas del citado conservatorio.

Debió haber tenido un gran futuro musical, pero la crisis política y económica de su país, y ahora la pandemia del Coronavirus, le prepararon otros rumbos.

Hace cerca de dos meses partió con su amigo Roger desde Cúcuta y tras dos días de caminata, con el instrumento al hombro, entró en Bucaramanga donde algunas “tocadas” le procuraron algo de plata para el bus. Los días siguientes pasaron en las carreteras, siguiendo la ruta Bucaramanga-Bogotá-Cali-Pasto-Quito-Guayaquil-Cuenca, con cortas paradas en esas ciudades.

A Quito arribaron hace cuatro semanas, algo de trabajo en la urbe y a probar suerte en Guayaquil, ahí nada bien, entonces rumbo a Cuenca, donde “llegué y me enamoré de esta ciudad. En lo poco que estamos aquí me doy cuenta que el cuencano es mucho más humano que el (habitante) de Guayaquil.

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