La protesta en América Latina no está en cuarentena: ¿cómo se reinventan las manifestaciones durante el confinamiento?

Ilustración gráfica tomada de RT.

El 2019 fue un año de fuerte conflictividad social en Latinoamérica. Las protestas que ocurrieron en varios países de la región, y que parecían tener cierta continuidad este año, se vieron suspendidas por la pandemia de coronavirus.

Sin embargo, la crisis social y económica que se vive en buena parte del continente motivará nuevas manifestaciones, algunas de las cuales ya se están viendo a pesar de las recomendaciones sobre mantener el aislamiento y las limitaciones al derecho de reunión. Los riesgos aumentan, sí. Pero las necesidades de la gente, en un continente signado por la pobreza y la desigualdad, no pueden esperar, según un análisis de la cadena RT.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la Covid-19 dejará casi 35 millones más de pobres y un aumento del desempleo de 10 % este año, cuando se producirá “la peor recesión de la historia”.

En este marco de emergencia social, económica y sanitaria, los distintos gobiernos deben tomar decisiones sobre cómo reasignar sus deteriorados presupuestos, cubrir las necesidades básicas de los sectores más vulnerables, y dar apoyo a las empresas que se vieron obligadas a frenar la producción. De un lado y del otro, las autoridades reciben tironeos.

Las marchas del hambre

En Bogotá, Colombia, la gente salió a la calle desde el mes pasado a denunciar que no están recibiendo ayuda social y no pueden trabajar: “Tenemos hambre”, es un grito que se repite hasta el día de hoy.

La semana pasada, movimientos sociales de Argentina marcharon por el centro de Buenos Aires con otra consigna similar y contundente: “Con hambre no hay cuarentena”. En las villas, los barrios más humildes de la capital del país, donde el hacinamiento y la falta de recursos hace más difícil el cumplimiento de las medidas de confinamiento, los casos de coronavirus superaron los 410; y ya hubo seis muertes.

Para Agustina Gradin, licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, la situación de la pandemia expuso como nunca las desigualdades y las debilidades  de los Estados para atender urgencias que llevan años sin resolverse.

“Veníamos de un 2019 de mucha protesta social pero creo que, en el marco de la pandemia, ese malestar social se reconvirtió en un proceso de organización social al interior de los barrios, donde diversas organizaciones pusieron el hombro intentando resolver el problema del hambre, en lugares donde, por la cuarentena, no es asunto sencillo de resolver”, señala Gradin a RT.

“Se puede pensar que es una respuesta positiva de la sociedad civil, pero al mismo tiempo, en su germen, lleva cierto nivel de conflictividad social, porque expone algunas dificultades en los procesos de implementación de las políticas públicas del Gobierno”, advierte la especialista.

En Chile, donde hasta marzo las protestas contra el Gobierno de Sebastián Piñera tuvieron gran protagonismo en la vida política del país, Bomberos de todo el territorio nacional hicieron sonar sus sirenas esta semana para oponerse a un recorte de 7,86 % a los recursos aportados por el Estado.

El de los bomberos chilenos es un recurso válido y recomendable, dado el contexto, para reclamar sin enfrentar riesgos de contagio, pero no todos tienen sirenas estridentes que puedan hacerse oír a lo largo y ancho de una ciudad.

Por eso, estudiantes universitarios de Ecuador, uno de los países más afectados por la pandemia en la región, salieron a marchar a las calles de Quito y de otras ciudades en contra de una reducción presupuestaria. Los manifestantes usaron tapabocas y mantuvieron prudencial distancia.

Cacerolazos por la “libertad”

Esta última modalidad se hizo muy popular en Argentina a partir de la crisis de 2001, y hoy no distingue sectores políticos, aunque es característica de la clase media, en especial de la derecha.

En varias ciudades de Brasil, hubo cacerolazos el mes pasado por parte de familias indignadas que exigen la renuncia del presidente Jair Bolsonaro, debido a las políticas relajadas que adoptó frente a la pandemia, y tras haber destituido al exministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta.

Frente a todo lo expuesto, y ya pensando en una futura “nueva normalidad”, Gradin no ve posible una reconfiguración de los modelos económicos y sociales que rigen en todo el continente: “Hay una coyuntura propicia para dar ciertas discusiones al interior de cada país sobre la matriz distributiva, pero eso no significa que vaya a haber un cambio radical del modo de producción, o una crisis estructural de la sociedad capitalista. Las desigualdades entran con más fuerza en la agenda, pero habrá que ver cómo se resuelven”.

La politóloga considera que la movilización en la calle “es una herramienta histórica” y no piensa que por los riesgos del coronavirus pueda desaparecer. “Seguramente habrá nuevas formas de protesta que tengan en cuenta la cuestión sanitaria, pero creo que será central el rol que jueguen los interlocutores —sindicatos, organizaciones sociales, feministas— y la mediación que estos generen en su discusión con los gobiernos”, sostiene.

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