La estrategia fallida de la derecha en América Latina (y la situación del progresismo pese a los triunfos electorales)

El líder de ultraderecha chileno, José Antonio Kast, tras perder las presidenciales, Santiago, 19 de diciembre de 2021. (Foto tomada de RT).

La derrota de la visión radical de José Antonio Kast en Chile es una cadena de acontecimientos en hilo, en la que los tanques de pensamiento conservadores no advirtieron de la inefectividad actual del enfoque con el que ganaron pocos años atrás.

El ciclo de los populismos de derecha radicalizados, con referentes como Mauricio Macri y Jair Bolsonaro, se hizo muy corto. Prácticamente fueron modelos desechables como fórmula. Su grandilocuencia se lo permitía: era una época de cansancio con la izquierda y no una adhesión propia a esos discursos. Pero los tiempos ya son otros.

La derrota de la visión radical de José Antonio Kast en Chile, en diciembre pasado, no es sino una cadena de acontecimientos en hilo, en la que los tanques de pensamiento conservadores no advirtieron de la inefectividad actual del enfoque con el que ganaron pocos años atrás, escribe para la cadena RT Ociel Alí López, sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela.

La criminalización a Venezuela ya no vende y el ‘anticomunismo’ no gana elecciones. Las derechas han venido perdiendo una a una todas las elecciones. Así sucedió también con Keiko Fujimori en Perú, donde los intentos de criminalizar todo valor izquierdista fueron el eje de su campaña.

Previamente, desarrollaron este discurso contra López Obrador en México en 2018 y fue un estruendoso fracaso, un descalabro electoral brutal. Luego contra la fórmula de los Fernández en Argentina. Y el pasado año, en Honduras, Perú y Chile también fracasaron. Incluso la estrategia no funcionó en EE.UU. contra Joe Biden.

En 2021, la excepción en la región fue Ecuador. Sin embargo, para el balotaje, el actual presidente Guillermo Lasso supo moderar su discurso para la construcción de una mayoría. Ganó por muy poco y gracias al voto nulo, pero ganó, algo que no pueden decir otros líderes de la derecha latinoamericana, salvo el uruguayo Lacalle Pou.

De esta manera, es la vía radicalizada ideológicamente, muy cercana a los lobbies del sur de Florida, la que prácticamente se quedó sin trozo de continente. Totalmente desterritorializada, pero sobreviviendo con mucho fervor en las redes, no atiende a esta nueva condición.

Recordemos que hace tan solo tres años el Grupo de Lima llevaba hasta el paroxismo un discurso abiertamente prointervencionista y profundamente conservador. Era un bloque regional que aglutinaba a casi una veintena de presidentes, pero de él no parece quedar ya nada, ni siquiera el grupo.

Parálisis del pensamiento

Así, la derecha luce paralizada, con un repertorio agotado e incapaz de convencer con el discurso neoliberal.

Quizá Horacio Rodríguez Larreta, actual jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y Lasso son los ejemplos de casos de gobiernos de derecha que han hecho política moderando y desideologizando su discurso.

Los «ideologizados de derecha», por lo general muy radicales, vienen a enturbiar la comunicación asertiva para la recomposición de una «nueva derecha» más moderada, más potable.

Pasó en Argentina con las marchas anticuarentena convocadas por la opositora Patricia Bullrich, en agosto y octubre, y con la propia candidatura del ultraderechista Javier Milei. Estos políticos, que tratan de movilizar a un elector más reaccionario, tildan de «comunistas» a las propias «palomas» de la derecha que tratan de rediseñar sus repertorios discursivos.

Ocurre también con la participación de los comités cívicos y el candidato y actual gobernador Luis Fernando Camacho en Bolivia, cuya actuación agresiva le ha servido para facturar golpes de estado, pero ha terminado siendo una causa importante de la división opositora.

Lo mismo viene ocurriendo en Venezuela. La división principal de las oposiciones es entre una radicalizada y otra que quiere participar electoralmente tratando de no avivar la polarización. Es la primera la que obstaculiza la normalización del país, llamando todavía al desconocimiento institucional.

En Colombia también es evidente que el debilitamiento del ‘uribismo’ no lleva a su sustitución, y esto lo sabremos en las presidenciales de mayo, en las que otra fórmula derechista, probablemente más liberal o centrista, tratará de impedir el triunfo del izquierdista Gustavo Petro. El ‘uribismo’ quizá también tendrá que correrse al centro.

Los radicales peruanos, empujados por la mediática, intentaron un ‘impeachment’ en el Congreso utilizando argumentos fatuos contra el presidente Pedro Castillo, que aún no cumple un semestre en el cargo. Pero también han terminado dividiendo el accionar opositor a beneficio del primer mandatario.

Las derechas, tal como las conocimos los últimos años, están en retirada y tendrán que reformularse, ¿pero qué pasa en las izquierdas?

La situación de las izquierdas

Pero las izquierdas, muy triunfadoras electoralmente los últimos tiempos, sigue develando incapacidades para poder avanzar y lograr gobiernos y economías estables.

La presión que sufre la gestión de Castillo en Perú no es normal. En menos de seis meses de mando ha recibido amenazas sin precedentes que han llevado a la renuncia de al menos doce de sus ministros.

La derrota de la elección de medio término en Argentina es otro ejemplo de debilidad del progresismo en este país, cuyo agotamiento no estriba únicamente en tener que aceptar una alternabilidad con la derecha (lo que de hecho le ha fortalecido), sino en que no está ofreciendo una fórmula política exitosa, como sucedió durante los sucesivos mandatos de los Kirchner en las primeras dos décadas.

Los liderazgos emergentes, como Castillo, Petro o Gabriel Boric, en Chile, no quieren vincularse con las tradicionales izquierdas regionales que representan Nicolás Maduro o Miguel Díaz-Canel, lo que impide una estrategia común. El liderazgo de López Obrador podría servir de articulador y aún tiene varios años por delante, y cada vez más aliados, para perpetuar una respuesta más allá de lo protocolar o declarativo.

Por otro lado, los liderazgos moderados, como el de Lula da Silva en Brasil o Alberto Fernández en Argentina, tampoco llaman a un entusiasmo transformador que convoque a las mayorías, como en tiempos pasados, sino que más bien se enturbian en el pragmatismo, que si bien le permite agenciar para sobrevivir políticamente hablando, le resta fuerzas en sus zonas de apoyo originario.

De esta manera, las izquierdas también deben reprogramarse. Si las primeras dos décadas del siglo se tenía certeza de un prolongado futuro de gobiernos de un mismo signo, primero de izquierdas y luego de derechas, como grandes oleadas que marcaban el sentido de la región, esta nueva década parece más bien el de una resaca que a ambos lados les está dificultado proyectarse a futuro.

Veremos si las elecciones presidenciales que ocurrirán este 2022 en Colombia y Brasil aceleran esta tendencia o si más bien la ralentizan. Es un año decisivo.

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