Intento de magnicidio contra Cristina Fernández: la noche en que un grave ataque a la democracia conmocionó a Argentina

Manifestantes apoyan a Cristina Fernández de Kirchner. (Foto tomada de RT).

Se prevén marchas masivas durante este viernes en todo el país para solidarizarse con la vicepresidenta.

Estupor. Incredulidad. Indignación. Tristeza. Desazón. Miedo.

Una vorágine de sentimientos invadió a gran parte de la sociedad argentina la noche de este jueves 1 de septiembre, al confirmarse la noticia de que un hombre acababa de atentar contra la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner.

Las imágenes están grabadas. Y estremecen. Muestran a la expresidente mientras saluda a los simpatizantes que desde hace 11 días hacen vigilia en la puerta de su casa de Buenos Aires para apoyarla en medio del juicio que avanza en su contra por presunta corrupción y que ella, el Gobierno en pleno y el peronismo consideran, en realidad, una persecución judicial para proscribirla, publicó este viernes la cadena RT.

Entre la multitud, frente a cámara, se extiende una mano con una pistola que apunta directo a la cabeza de la líder política más importante de Argentina. Son apenas segundos. El hombre gatilla pero las balas no salen. La pistola cae. Los militantes rodean al agresor.

Más tarde, las autoridades confirmaron que el hombre que quiso cometer un magnicidio se llama Fernando Andres Sabag Montiel, tiene 35 años, es de nacionalidad brasileña, vivía en Buenos Aires, tenía antecedentes penales por portación ilegal de arma y ya quedó detenido.

Apenas pasaban de las nueve de la noche, pero el país se preparó para el desvelo. Había un shock generalizado. Acababa de ocurrir uno de los ataques más graves a la democracia desde que en 1983 terminó su peor dictadura.

Durante casi cuatro décadas el lema «Nunca Más», pronunciado en el primer juicio a los represores, se ha instalado como un mantra para impedir el regreso de las violaciones a los derechos humanos, a la violencia política.

Hoy, un sector de la ciudadanía siente que tiene que defender de nuevo el sistema democrático. Que lo han vuelto a poner en peligro los discursos de odio a Fernández de Kirchner y al peronismo, tan naturalizados y extendidos por los medios y los políticos opositores.

Abismos

El reparto de culpas fue inmediato. Los ejemplos abundan, desde las declaraciones de políticos antiperonistas que han deseado la muerte de la vicepresidente, hasta las marchas en las que han colgado en horcas o puesto en guillotinas a muñecas con su nombre.

Por un rato, pareció que se borrarían las divisiones políticas que en las últimas semanas habían acentuado el clima de polarización. El expresidente Mauricio Macri y el jefe de Gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, encabezaron los repudios al atentado por parte de la oposición. En el Congreso, diputados y senadores de todos los partidos ofrecieron una declaración conjunta y urgente.

Pero la ilusión de consenso duró solo un rato.

Ya en la madrugada, Patricia Bullrich, la líder del PRO, el principal partido de oposición, fue la última dirigente política en posicionarse. En lugar de condenar el intento de asesinato de la vicepresidente, eligió criticar al presidente.

Su decisión generó una ola de rechazos, aunque no sorprendió. La dirigente, que quiere ser la candidata presidencial de la derecha en las elecciones del próximo año, es una de las principales promotoras de los discursos violentos en el país. No le falló a su electorado. Su caso demostró que las convocatorias a la responsabilidad e institucionalidad de toda la clase política no iban a tener éxito.

Políticos de menor escala y parte de la oposición mediática hicieron su propio juego y priorizaron sus antipatías hacia Fernández de Kirchner para desdeñar la gravedad institucional de lo ocurrido. Dudaron del atentado. Acusaron al Gobierno por no garantizar la protección de la vicepresidente. Especularon con el uso político-electoral. Replicaron noticias falsas.

En los alrededores de la casa de la vicepresidente, mientras tanto, seguía llegando gente. Se querían solidarizar. De algunos rostros caían lágrimas. Otros tenían la mirada confusa. Sabían que, a partir de ahora, Fernández de Kirchner ya no se acercará a las multitudes. No podían, no querían creer lo que acababa de pasar.

Mucho menos lo que pudo haber pasado si las balas no quedaban atoradas en la pistola.

A movilizarse

El intento de magnicidio se convirtió de inmediato en noticia internacional.

Se solidarizaron los presidentes Luis Arce (Bolivia), Miguel Díaz-Canel (Cuba), Gabriel Boric (Chile), Guillermo Lasso (Ecuador), Pedro Sánchez (España), Pedro Castillo (Perú), Nicolás Maduro (Venezuela); los expresidentes Evo Morales, Rafael Correa y Luiz Inácio Lula da Silva. También el embajador de Estados Unidos en Argentina, Marc Stanley; el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro; Naciones Unidas y Amnistía Internacional.

En el país, la conmoción fue total. En medio del desconcierto, el peronismo confirmó la cancelación del congreso partidario que Fernández de Kirchner iba a encabezar el próximo sábado en la provincia de Buenos Aires. La madrugada avanzaba y ella seguía despierta, en su casa, recibiendo a dirigentes.

A medianoche, el presidente Alberto Fernández leyó un mensaje en cadena nacional en el que pidió desterrar la violencia y el odio. Anunció, además, que este viernes será feriado para que el pueblo se exprese en defensa de la vida, la paz, la democracia y la solidaridad.

Las movilizaciones ya habían sido anticipadas por gobernadores, dirigentes, organizaciones sociales, de derechos humanos, feministas, escritores, periodistas, sindicatos y ciudadanos sin militancia orgánica.

Quieren salir en masa en una jornada que, confían, será histórica y demostrará la potencia de una multitud que advertirá que, más allá de fobias o filias políticas: Nunca más es nunca más.

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