En barrio de ricachones

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Los más de 300 efectivos que rodeaban la manzana del Banco Río, entre policías y miembros del Grupo Halcón, aguardaban órdenes. Era el 13 de enero de 2006, en San Isidro, Buenos Aires, y una toma de rehenes tenía en vilo a los medios. Horas atrás, pasado el mediodía, varias personas ingresaban por separado al banco. Tenían todo calculado. Desde hacía más de un año venían observando y siguiendo los movimientos del lugar de forma minuciosa. Nada estaría librado al azar. Sin armas reales, sino con réplicas que no disparaban, comenzaron su plan.

Una de las primeras medidas que tomaron fue encargarse de que quienes estaban dentro se hubiesen comunicado con sus familiares. Esto generó que, no mucho después, la prensa estuviera al tanto de la situación. Otra masacre como la de Ramallo, en tan poco tiempo, no parecía factible. Mientras un grupo abría y vaciaba las cajas de seguridad, una persona se dedicaba de entretener al negociante pidiéndole pizzas y fingiendo pensar la manera de terminar con un plan que supuestamente no había salido como lo esperaban. Cuando concluyeron, fueron partiendo uno a uno. Huyeron por un túnel de 15 metros que daba a un troncal pluvial y que fueron construyendo durante un año y medio. Si bien no se saben los números exactos, se estima que se llevaron alrededor de 20 millones de dólares y kilos de joyas.

Pasadas las 5 horas desde el inicio del robo, y luego de largos minutos de desconcierto, los mejores hombres de las fuerzas del Estado notaron que ya no había comunicación. Era el momento de ingresar. Para aquel entonces, los ladrones se encontraban en sus casas viendo el operativo en vivo y en directo por televisión y contando lo recaudado. Los uniformados recorrieron los pisos para descubrir que no había nadie más que los rehenes. Sin embargo, en la bóveda se encontrarían con una nota: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores”.

Acto seguido, la policía comprobó que casi el total de las cajas estaban vacías y tuvo que salir a enfrentar a la multitud de periodistas. No había sido un robo exprés ni habían tratado con improvisados. No hubo tiros ni violencia y todos los manuales para tratar estos casos de poco y nada habían servido. Tiempo después, entre fallos y delaciones, varios integrantes fueron detenidos, pero solamente pasaron unos pocos años en prisión. De todo el botín, solo se encontró algo más que 1 millón, mientras que el banco tuvo que pagar cerca de 14 millones a las personas afectadas por el robo. Habían logrado ridiculizar a los grupos especiales de las fuerzas de seguridad, hacer pagar al banco con su misma moneda y burlar la Justicia. El sistema había sido engañado y desnudado a punta de pistola de juguete.

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