El silencio que salvó una vida

Documentos del Bicentenario de la Batalla de Pichincha.

Prof. José Solórzano Freire, miembro de la Confraternidad Bolivariana de América, Capítulo Ecuador.

Se llamó Baltazara y fue condenada a morir en la horca.

El Gobernador Sámano había escuchado que en Latacunga vivía una joven hermosa, altiva, inteligente, pero “llena de defectos”.

Cuando Baltazara se vestía como española, es decir con vestidos amplios y tacos, el alguacil le decía que es una “igualada” y le ordenaba regresar a su casa porque ella era mestiza y no le era permitido vestir como las damas de alcurnia. Y si vestía como indígena, el alguacil tampoco le permitía porque decía que siendo mestiza no podía vestir como las “indias”.

En tiempo de la Colonia, las autoridades ordenaban hasta cómo tenían que vestir. Pero este no era el mayor “defecto” de Baltazara.

Después de la matanza de los patriotas el 2 de agosto de 1810, la gente de toda la Audiencia de Quito estuvo indignada; se reunían en secreto para preparar un golpe a los españoles y expulsarlos del poder. Baltazara era del grupo de patriotas y andaba repartiendo “papeluchas” para que la gente de Latacunga apoye el propósito libertario. Hasta decían que Baltazara era la que había escrito con carbón en una amplia pared de la ciudad: “Muerte a los godos”.

El Gobernador Sámano ordenó la captura de Baltazara; entonces la llevaron amarrada las manos ante la autoridad para interrogarla:

– ¿Quiénes más son los revoltosos? ¿Dónde tienen guardadas las armas? ¿Quiénes les financian? ¿Qué piensan hacer?

Baltazara no dijo una sola palabra, solo miraba a sus captores con ojos de rencor y desprecio. Entonces, la golpearon brutalmente hasta que perdió la conciencia. A media noche la desnudaron y bañaron en agua helada; le insultaron, le azotaron, pero Baltazara seguía en silencio como si hubiera perdido para siempre la facultad de hablar.

El Gobernador ya no sabía qué más hacer para que hablara esa mujer. Entonces dictó la sentencia:

– ¡La horca! Esta mujer le ha ofendido al Rey y debe morir en la horca.

Antes de la ejecución, el Gobernador pensó humillarla, quería que el pueblo se burle de ella, que le insulten, se rían, se mofen de su atrevimiento. Ordenó, entonces, que le vistan de indígena y recorra las calles de la ciudad montada en un burro, pero con la cara al revés.

Se imaginaba, el Gobernador, cómo iba a reírse el pueblo y cómo iban a disfrutar del espectáculo. Luego colgarían su cuerpo en media plaza y lo dejarían allí hasta que lo deshuesen los gallinazos.

Salió el “bando” con su redoble. El pregonero anunciaba la sentencia de la “Chola”, llamando a la gente para que la vean por última vez, le tengan compasión los que quieran, se burlen, le escupan. Pero la gente cerró las puertas y ventanas; parecía una ciudad de fantasmas. Solo se escuchaba los gritos del pregonero hablando a las paredes y el revoloteo de las palomas que ya buscaban descanso entre los canecillos.

De pronto, hombres y mujeres salieron de sus casas y empezaron a desfilar tras de Baltazara; llevaban flores y palmas del Domingo de Ramos. Todos en silencio, altas sus cabezas, serios, erguidos. Desafiaron al Gobernador con una dignidad inquebrantable.

El Gobernador no lo podía creer; él esperaba que se cumpla la sentencia en medio del bullicio general. Pero ese silencio le heló la sangre; era un silencio que se levantaba desde las entrañas mismas de la tierra; era un silencio sepulcral, aterrador, amenazante. Tanto fue su miedo que mandó a que la liberen inmediatamente con la condición de que no vuelva a desafiar la autoridad del Rey.

Esa vez, el silencio pudo más que el grito de protesta. El silencio salvó la vida de la heroína.

Baltazara Terán le perdió el miedo a la muerte y siguió repartiendo “papeluchas” hasta lograr que toda la gente de Latacunga, Ambato y Riobamba se una al movimiento patriótico y libertario.

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