El principito del grami, o mejor dicho, el principito de la migra

Gráfica referencial del Desierto de Sonora tomada de Internet.

Del muro de Ataulfo Tobar

El principito ecuatoriano de pronto se vio solo, estaba muy cansado por tan largo viaje, escuchaba a la gente que hablaban con distintos acentos, sabía que iba a viajar lejos, pero mantenía la esperanza de que al final del viaje llegaría a ver a su madre.

Le ardía la cara y la cabeza fruto de tantos días al sol, recuerda que viajó en una barcaza por el mar, vio como los delfines acompañaban alegres a la embarcación, de vez en cuando una tortugas marinas eran desplazadas por la ola de la lancha, nunca había visto a esos animales tan bonitos, llegaron a un puerto donde les embarcaron en una camioneta y viajaron varios días, luego le subieron aun tren inmenso que pitaba muy duro y hacía bastante ruido, cruzaron varios ríos y caminos polvorientos, finalmente llegaron a un gran muro, lo treparon amarrado de la cintura y lo bajaron hasta el otro lado.

En el grupo que iba caminaban mujeres, niños y hombres, pero tras cruzar la frontera todos corrieron por su lado, el principito ecuatoriano tenía cuatro años de edad, no podía correr como los demás y se fue quedando solo, cayó la noche en el desierto de Sonora.

El niño estaba solo en el mundo, al caer la noche el cielo se iluminó de estrellas, aún no sabía contar, pero trató de hacerlo ayudado de sus pequeños deditos de sus manos, para contar las estrellas, recordó a su mamá y se puso a llorar, el eco de su llanto se apagaba en la arena, se quedó dormido acurrucado para guardar el calor.

Nuevamente sacó del bolsillo del pecho el papel que le habían dado sus abuelitos con la dirección donde vivía su madre, con la luz de las estrellas trató de descifrar esos extraños signos escritos, volteó la hoja y vio que estaba en blanco, a lo lejos oía el ladrido de los chacales, de vez en cuando escuchaba el silbido de las serpientes cascabel a la distancia, pájaros nocturnos volaban sobre su cabeza como ángeles protectores. Se acunó en la arena y finalmente se quedó profundamente dormido escuchando en su sueño el canto de su mamá,  “duerme mi niño, duerme mi amor que ya muy pronto te encontraré, duerme mi niño del Ecuador, mi príncipe querido, mi ternura mi amor”.

Al otro día los primeros rayos del sol calentaron su pequeñita cara con las huellas de las lágrimas salpicadas de arena, se puso de pie, palpó con su manito el papel que atesoraba en su pecho y caminó y caminó hacia donde salía el sol.

A nuestro principito no le tocó un zorro bueno que le dijera “me has domesticado”, le tocó un coyote perverso que lo abandonó en el camino,  este principito ecuatoriano, no recuerda su rosa, recuerda la ternura y los besos de su madre, recuerda  su chacra de maíz hipotecada, no habla de un volcán, habla de muchos de ellos en la avenida de la sierra andina, este principito ecuatoriano ha viajado lejos desde un país donde el gobierno y las autoridades son perversos. Nunca tuvo salud, peor educación, creció huérfano de escuela y ternura, este principito no sueña con un elefante dentro de una serpiente, este principito no tuvo sombrero para el tremendo sol abrazador del desierto de Sonora.

Este principito sí conoció avaros, codiciosos y negociantes,  fueron quienes recibieron de su madre el dinero para pactar el viaje, los avaros además fueron el gobierno, los usureros, la iglesia, pues le negaron la escuelita, los útiles escolares, el papel para pintar su desierto, sus corderos, su chacra de maíz. Igual que el principito de Saint-Exupéry, nuestro principito estuvo a punto de que la serpiente del desierto de Sonora, le invite al viaje sin retorno inoculándole su veneno.

Pero el veneno de la serpiente de nuestro principito sigue aquí y mata miles de niños de inanición, de sin esperanza, de desnutrición y desescuela, de desamparo y desapego, de descariño y desprotección.

Nuestro principito ecuatoriano vio a lo lejos un vehículo Blazer 4×4 que venía hacia él con la sirena encendida, se bajó un guardia de la migra, le ofreció agua, el principito bebió con desafuero y ansiedad, sacó del bolsillo de su pecho y le mostró el papel al oficial de la migra, el oficial leyó la dirección escrita, el principito dio vuelta a la hoja y le dijo al oficial, “dibújame un coyote” y se desmayó.

Quién esté libre de culpa que tire los primeros versos.

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