El hombre que se robó la música

 

Relato corto por Romina Cevallos, abogada.

Duele decía Joaquín, -al sentir las patadas en sus costillas, mientras aferraba a su pecho, la radio de carro que minutos antes había robado- demasiado. Su rostro con manchas de betún, y bañado de lágrimas, reflejaba lo costoso que es el boleto de la vida, para algunos desgraciados.

No se la lleven gritaba- cuando lo separaron del único medio que tenía para alimentar a sus hermanos- no volvió a ver su cajita lustrabotas, que lo acompañó desde los 7 años. Luego de unos minutos, cuando menguó el dolor en sus pulmones y le dejaron de temblar las piernas, regresó a casa.

Los fines de semana Joaquín, junto a su amigo Antonio, caminaban por las calles de la Cuenca antigua, deslumbrados por la belleza de los balcones con macetas colgantes, por el paisaje desde la Avenida Gran Colombia hasta la 12 de Abril. Se recostaban en la orilla del río Tomebamba a escuchar en una vieja cassetera “De pie, cantar. Que vamos a triunfar”, por unos instantes olvidaban los golpes, los estómagos vacíos y los pies inflamados.

Atrápenlo, gritaban los bibliotecarios –corría tan rápido y sin dirección, como aquél día de Agosto, en el que vio los ojos de su madre por última vez- ladrón.

Joaquín no tuvo juegos de mesa o juguetes, pero gracias a los libros que robó, a diferencia de otros hombres, conoció lo poderoso de la imaginación. Por las noches escribía sobre las historias, que solo alguien con los zapatos llenos de agujeros, los pantalones remendados y la tripa ardiendo, podía entender.

Aprendió a tocar la guitarra, el charango y la quena, era admirable como alguien que ha existido entre dolor y miseria puede estar cubierto de magia.

Joaquín, era de esas personas difíciles de encontrar, como la lluvia de Oriónidas cada 2 de octubre. Verlo tocar un instrumento, era igual que presenciar cómo el desierto de Atacama se viste de flores, por fin había reunido lo suficiente para comprar el boleto que tantas veces le había sido negado. Joaquín por primera vez sentía el frescor del aire en su rostro, estaba vivo.

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