El Bicentenario  heredad de los héroes anónimos

Ilustración del calígrafo e historiador Gerardo Machado.

Por Mario Cando, fragmento del libro “Cuenca, Ciudad Eterna”, en elaboración.

El viernes 3 de noviembre de 1820, los ideales libertarios se multiplicaron en la casa de Margarita Torres, madre del líder militar Tomás Ordóñez. Los patriotas de Cuenca ponían a punto las acciones independentistas de ese día.

En el desarrollo de la estrategia planificada con la debida anticipación, el movimiento cívico pidió la renuncia del gobernador Díaz Cruzado, a quien ya se le había comprometido en la gesta, pero fue apresado por el comandante militar Antonio García Trelles y enviado a Quito, bajo la custodia de 20 soldados. En su reemplazo fue nombrado Antonio Arteaga como jefe político subalterno.

En forma previa, los líderes del levantamiento se reunieron en la parroquia rural de El Valle donde se organizaron para decidir el día del ataque. Los principales mentalizadores y participantes del movimiento fueron: Tomás Ordóñez, Joaquín Salazar y Lozano, Francisco Chica, Zenón San Martín, Vicente Toledo, el cura Juan María Ormaza y José María Vázquez de Noboa, figura política central.

El viernes 3, numerosos patriotas, con Tomás Ordóñez a la cabeza, pidieron al alcalde interino, Juan Antonio Jáuregui, que convoque un Cabildo Abierto para “proclamar la libertad de la Patria”, sin lograr el objetivo, entonces se dirigieron al barrio de Todos Santos a pedir el apoyo de los asistentes a una ceremonia religiosa para trasladarse, cada vez en mayor número, a la Plaza Mayor y presionar por la convocatoria, pero tampoco tuvieron éxito. Entonces se dirigieron a San Sebastián.

Todos Santos, escenario de fervor histórico.

Ese día los patriotas sitiaron a la guardia oficial y obtuvieron algunas armas de fuego. En la Plaza Mayor había 109 soldados al mando de Gerónimo Arteaga, colocados estratégicamente en las cuatro esquinas y en las calles aledañas, con armas de fuego y lanzas construidas en Cuenca para defenderla de un posible ataque de los patriotas quiteños alzados en armas el 10 de agosto de 1809.

Dos esquinas estaban defendidas por cañones, armas pesadas enviadas por el gobernador Cucalón, de Guayaquil, también en 1809. En la época Cuenca estaba más vinculada a Guayaquil y Lima que a Quito.

Con estas y otras armas se podría haber ocasionado una matanza espantosa, pero la presencia de la masa, mucho mayor en número, amedrentó a los soldados realistas. En la acción fue herido Tomás Ordóñez. La guardia militar resistía bajo el mando de Antonio García Trelles.

A los patriotas se unió el cura José Peñafiel quien con sus feligreses empezó a acosar a las autoridades españolas desde San Sebastián. El número de independentistas se incrementó y recorrieron los barrios para lograr más apoyo, entusiasmados por las arengas del cura Juan María Ormaza y de Tomás Ordóñez. Cercana la noche, juzgaron necesario ubicarse en El Vecino, lugar en el que esperaban la llegada de los refuerzos.

El cura José Peñafiel, junto a sus feligreses, acosó a las autoridades españolas desde San Sebastián.

 

Durante las acciones del viernes, Ambrosio Prieto y algunos otros patriotas fueron apresados por los realistas pero eso más bien incrementó el acoso libertario por los cuatro costados de la plaza.

El sábado 4 de noviembre llegaron a El Vecino, desde Azogues y Chuquipata, numerosos combatientes acompañados por el cura Javier Loyola e ingresaron por la Calle Real de El Vecino hacia la plaza central, venciendo a los realistas.

El día siguiente fue nombrado jefe civil y militar de Cuenca el abogado José María Vázquez de Noboa, quien el miércoles 7 de noviembre comunicó del hecho libertario al vicepresidente de la República de Colombia, Francisco de Paula Santander, en los siguientes términos.

Capitanía General. Intendencia de Cuenca.

Considerando que servirán de grande satisfacción a V.S. los heroicos esfuerzos de esta provincia hasta conseguir su independencia de la Península, me apresuro a comunicarlo a V. S. Los días tres y cuatro del corriente fueron los de la mayor ignominia para los agentes del despotismo: en ellos vieron que el valor nada se resiste, y convencidos de la impotencia de sus armas y que la sangre de los patriotas derramada por ellos infructuosamente solo servía para electrizar a los que se habían decidido por la noble empresa de recobrar los derechos usurpados a sus mayores, se decidieron mal de su grado a la entrega del cuartel, y a que reinase el orden, la unión y alegría que forma el carácter de los patriotas.- Hacer respetar del visir de Quito estas insignias deprimidas por más de trescientos años, es el anhelo de los ciudadanos que tengo el honor de mandar, cuya unión al sistema que V. E. protege hará efectiva la gloria de la patria, que reconoce tantos héroes, cuantos hijos abriga en su seno.

Dios guarde a V.S. muchos años.

Cuenca, noviembre 7 de 1820. Primero de su independencia.

José María Vázquez de Noboa.

El domingo 5 los independentistas se dirigieron a la Catedral para la misa de acción de gracias en la que el orador Andrés Beltrán de los Ríos pronunció su homilía patriótica, seguida de la toma del juramento cívico al líder Vázquez de Noboa, por parte de Tomás Ordóñez, para la defensa de la libertad lograda.

Acto seguido se nombró a los primeros  representantes de la Asamblea que luego tomó el nombre de Consejo de la Nación, con la finalidad de redactar el Plan de Gobierno que a la final resultó en la Constitución de la República de Cuenca.

La Catedral Vieja fue el escenario de la primera Misa de Acción de Gracias por la libertad lograda ese momento.

En la gesta independentista hay que resaltar los siguientes nombres:

Margarita Torres (madre de Tomás Ordóñez), Teresa Ramírez y Astudillo (esposa de José María Vázquez de Noboa), Susana Bobadilla, Manuela Garaicoa y Baltasara Calderón (madre y hermana de Abdón Calderón), Francisco Calderón (esposo de Manuela Garaicoa y padre de Abdón Calderón), Fernando Salazar y Piedra (alcalde de la ciudad), capitán Juan Álvarez, Pedro de Argudo, Andrés Beltrán de los Ríos, José Cárdenas, teniente coronel Francisco Carrasco, coronel comandante Francisco Cisneros, combatiente Joaquín Crespo y León (participó en la Batalla de Verdeloma y en la Batalla de Pichincha donde perdió la vida), Manuel Dávila, Miguel Fernández de Córdova, Francisco García Calderón, José María Hidalgo de Cisneros (comandante en Verdeloma), combatiente Esteban Iglesias (español participante en la Batalla de Verdeloma), Evangelista Landázuri, cura Javier Loyola, Vicente Melo.

Capitán de caballería Vicente Monroy, capitán de caballería Ignacio Ochoa, Paulino Ordóñez, capitán Tomás Ordóñez, cura Juan María Ormaza, presbítero José Peñafiel, Manuel Picón, secretario y comandante León de la Piedra, teniente coronel y comandante del Cañar Miguel Pino, Ambrosio Prieto, presbítero Cayetano Ramírez Fita, Manuel Rivadeneira, Pedro Rodríguez, regente del Senado Joaquín Salazar y Lozano, Zenón de San Martín, Blas Santos, capitán Felipe Serrano, Manuel Serrano, teniente Pedro Serrano, teniente José Sevilla, Juan Antonio Terán, Ignacio Tobar, Vicente Toledo, José María Vásquez de Noboa, Miguel Custodio Vintimilla, capitán de artillería Pedro Zeas.

La Constitución de la República de Cuenca

El miércoles 8 de noviembre, José María Vázquez de Noboa hizo un llamado a los tenientes políticos y “principales” de cada una de las poblaciones que integraban la provincia de Cuenca, para que enviaran diputados al Consejo de la Sanción encargado de redactar la Constitución.

El organismo estaba integrado por 35 representantes de las corporaciones y parroquias y actuaban como diputados “elegidos libre y espontáneamente por pluralidad absoluta de votos”.

De acuerdo al historiador Alfonso María Borrero, los diputados representaban al ayuntamiento, al cabildo eclesiástico, comunidades religiosas, clero, a la milicia, corporaciones de abogados, agricultores (hacendados), comerciantes y gremios.

El Consejo de la Sanción expidió la Carta el 15 de noviembre de 1820, año que fue denominado como “el primero de su independencia”.

La Carta de soberanía confirmó en la Presidencia de la República de Cuenca a Vázquez de Noboa. Consta de 55 artículos. El Art. 2 de esa Constitución resalta la Libertad y la Independencia como el derecho de Cuenca que jamás podía ser subyugado.

Por otro lado, la Carta Soberana establece las instituciones fundamentales de una República: un poder Ejecutivo, una función Legislativa, una función Judicial; un cuerpo asesor del Ejecutivo, funciones locales a cargo del Cabildo Civil, un régimen para el manejo de la Hacienda Pública, un cuerpo militar y la voluntad de integrarse dentro de una unidad mayor cuando se consolide la libertad de las otras regiones colindantes.

La Constitución tuvo una duración de 35 días, desde al 15 de noviembre hasta el 20 de diciembre de 1820, fecha en la que fueron derrotados los patriotas, en la batalla de Verdeloma.

Los diputados constituyentes

José María Vázquez de Noboa;

Francisco Chica, diputado del Ayuntamiento;

Dr. Juan Aguilar Cubillús, diputado del Cabildo Eclesiástico;

Ministro fray Alejandro Rodríguez, diputado de las religiones;

Dr. Manuel Custodio Veintimilla, diputado del venerable clero;

Felipe Serrano, diputado de la milicia;

José Cárdenas, diputado del Comercio;

José María Borrero y Baca, diputado de los agricultores;

Dr. Joaquín Salazar, diputado de abogados;

Felipe Antonio Tello de la Chica, diputado de los gremios;

Fernando Francisco Cueto Bustamante, diputado del Cañar;

Pedro López y Argudo, diputado de Biblián;

Juan Orozco y Guerrero, diputado de Azogues;

Bernardino de Sisniegas, diputado de Taday;

Miguel Malo diputado de Chuquipata;

José Machuca Cardoso, diputado de Déleg;

Antonio Moreno, diputado de Sig Sig;

Juan Ignacio Gómez de Arce, diputado de San Bartolomé;

Juan Crisóstomo Zhuñio, diputado de Xima;

Manuel Dávila, diputado de Gualaceo;

Mariano de Mora, diputado de Jadán;

Juan de la Vega, diputado de Paute;

Manuel Ramírez, diputado de Sidcay;

José Ochoa y Serrano, diputado de Paccha;

Dr. Miguel Rodríguez, diputado del Ejido;

Manuel Guerrero, diputado del Valle;

Juan Antonio Aguilar, diputado de Asmal;

Juan Contreras, diputado de Baños;

Bonifacio Ramírez, diputado de Cumbe;

José Serrano, diputado de Oña;

Manuel Ullauri y Quevedo, diputado de Nabón;

Juan Bautista Xirón y Sánchez, diputado de Xirón;

Juan Jaramillo Francisco Illescas, diputado de Pucará;

Santiago Arias, diputado de Cañaribamba;

José Veintemilla, diputado de Molleturo;

León de la Piedra, secretario.

Parte de los firmantes.

Escudo de la República

Hay que señalar que junto a la Constitución se ideó un escudo, con un indígena  firme y de pie, con la cabeza de la lanza hacia el piso en su mano derecha, con la otra muestra en el cielo la estrella de la libertad, con ello se estableció gráficamente que comenzaba la reivindicación de la población explotada por 300 años. Significó el primer anhelo de una justicia social que aún se busca y que debe seguir siendo un objetivo de todo gobierno.

Una suma de procesos

Al igual que todos los cambios históricos, la independencia de Cuenca es el resultado de una suma de procesos y acontecimientos políticos, económicos y sociales a nivel internacional y local que desembocaron en el descontento popular.

Estos procesos se gestan a inicios del siglo XIX, con la liberación de Haití en 1804, y culminan en 1824 con las batallas de Junín y Ayacucho que liberan al Virreinato de Perú de la corona española.

Pero sus raíces se extienden mucho más atrás, llegan a los conflictos políticos europeos generados por Napoleón Bonaparte que desembocaron en la independencia de las Trece Colonias de Norteamérica, en 1776, y la Revolución Francesa, en 1789.

Se suman las reformas políticas y económicas establecidas por España, transformando sus dominios de ultramar en colonias de mayor explotación; la creación o fortalecimiento de las milicias; el trato desigual de los españoles peninsulares a los españoles criollos o americanos; y, el surgimiento de líderes visionarios que cuestionaron el sistema y encendieron la llama de la libertad.

Lo ocurrido en la Región Austral

En el caso de Cuenca, el amor por la libertad fue heredad de los Cañaris, pueblo indómito que se enfrentó a los incas y en su estrategia para subsistir cofundó con los españoles la ciudad de Cuenca, el 12 de abril de 1557.

Los esfuerzos de la población, sobre todo de la mujer trabajadora, convirtieron a Cuenca en el centro de la región. En 1771 accedió a la categoría de Gobernación y en 1779 fue la segunda sede de un obispado, tras una fuerte disputa con Guayaquil.

A finales del siglo XVIII afloraron los anhelos de libertad. La madrugada del 21 de marzo de 1795, personajes valientes colocaron carteles revolucionarios en los muros y paredes de los edificios públicos, escritos en letras de molde. Se asemejaban a los que ya se habían exhibido en Quito en 1794, atribuidos a Eugenio Espejo, el gran precursor de la libertad y de la cultura de nuestra patria.

José Antonio Vallejo, el primer gobernador de Cuenca, los calificó de pasquines subversivos. Uno decía: “Notable auditorio, prevenid vuestras armas para la libertad nuestra y la de nuestros hijos”. Otro rezaba así: “Noble Auditorio, prevenid vuestras armas para la libertad de vuestros hijos, y de nosotros, pues no queremos tirano rey”.  Otro era más explícito: “A morir o vivir sin rey, prevengámonos valeroso vecindario. Libertad queremos, y no tantos pechos y opresores”.  Días después se colocó uno más largo: Desde Lima ha llegado esta receta fiel, a morir o vencer, conforme a nuestra ley, menos los pechos del rey. Indios, negros y mulatos ya, ya, ya no se puede sufrir, con valerosos vecinos, juntos a morir o vivir, unánimes hemos de ser.”

El gobernador inició un juicio, buscó infructuosamente a los autores de los carteles y dejó muy en claro que se perseguiría por todos los medios legales y coercitivos a quienes se atrevan a desconocer a las autoridades españolas.

De 1809 a 1822

En 1809 desde Quito se pidió, mediante una comunicación que llegó el 16 de agosto, que Cuenca se adhiera a la Junta Suprema de Gobierno presidida por Juan Pío Montúfar, quien asumió el poder seis días antes, afirmando políticamente el Primer Grito de la Independencia.

El gobernador Melchor Aymerich y el Obispo Andrés Quintián y Ponte de Andrade, opuestos al nuevo gobierno, comenzaron a conformar un ejército contrarrevolucionario, al que, a su vez, se opusieron Francisco Calderón, Contador de las Reales Cajas, y Fernando Salazar y Piedra, alcalde de la ciudad. La persecución fue inmediata: se les apresó, decomisó sus bienes y se los envió a Guayaquil en calidad de presos peligrosos.

Posteriormente fueron remitidos a Quito y en el recorrido, Fernando Salazar y Piedra fue asesinado a pedradas por los realistas, convirtiéndose este ilustre cuencano, mayor de 60 años, en el primer héroe nacional que ofrendó su vida por la libertad, algunos meses antes de la masacre del 2 y 3 de agosto de 1810, ocurrida en las cárceles y calles de Quito.

Francisco Calderón, esposo de Manuela Garaicoa, fue fusilado en diciembre de 1812, en las afueras de Ibarra, pero dejó la semilla libertaria en sus hijos, especialmente en Abdón, quien luchó por la patria desde 1820 y exhibió su heroísmo en la Batalla de Pichincha el 24 de mayo de 1822, muriendo pocos días después, antes de cumplir sus 18 años de edad. Su hermana Baltasara, junto a su madre Manuela y sus tías Francisca, Joaquina y Ana, llamadas “Las Madres de la Patria”, además de gravitar en los afanes soberanos de Cuenca, tuvo una fuerte influencia en la independencia de Guayaquil.

Los ideales libertarios maduraron en todo el país, a la par de los grandes triunfos liderados por Simón Bolívar en otros territorios. El 5 de agosto de 1820 se produce la liberación de Esmeraldas; el 9 de octubre se independiza Guayaquil, bajo el liderazgo de José Joaquín de Olmedo; los días 3 y 4 de noviembre se libera Cuenca y el 18 del mismo mes la emancipación se concreta en Loja.

La independencia de Cuenca activó el principio democrático que establece que la soberanía está en el pueblo y que, frente al despotismo español que vio en sus colonias una fuente de saqueo económico, tenía la facultad de asumir el poder, deponiendo a unos malos gobernantes para sustituirlos por otros, nacidos en el suelo patrio y con visiones políticas locales y progresistas.

Precisamente ese pueblo soberano, cansado de la opresión ibérica y de sus representantes criollos, reaccionó el momento que tenía que hacerlo, bajo el liderazgo de hombres y mujeres que marcaron el devenir histórico.

Por lo general, el registro de la gesta independentista resalta nombres como los de Francisco Calderón, Fernando Salazar y Piedra, cura Javier Loyola, capitán Tomás Ordóñez, Joaquín Salazar y Lozano, José María Vázquez de Noboa, León de la Piedra, cura Juan María Ormaza, presbítero José Peñafiel, Paulino Ordóñez, Francisco Chica, Zenón San Martín, Vicente Toledo, Ambrosio Prieto, entre otros.

Pero junto a ellos marchó y peleó el pueblo llano, integrado por hombres y mujeres hastiados de las injusticias, inclusive los mismos españoles relegados, como Esteban Iglesias, que siguió en las armas hasta la Batalla de Verdeloma.

Ese pueblo que define los grandes hitos históricos sitió a las huestes realistas en la plaza central y las amedrentó pese a que estaban protegidas por el poder de las armas de fuego, un solo cañonazo habría terminado en un enorme reguero de sangre.

Dentro del pueblo anónimo estuvieron las mujeres, las más golpeadas por la arbitrariedad, pero también las más decididas a lograr mejores condiciones de vida, sin embargo, la historia no les has sido tan grata en los momentos de reivindicar los liderazgos.

Las guarichas y otras patriotas

Las mujeres que peleaban por la libertad y por un reconocimiento más justo y equitativo a su condición de seres humanos, fueron denominadas guarichas: “mujer que acompañaba a los soldados”, según la definición del Diccionario de la Lengua Española para Colombia y Ecuador; “indígena joven y soltera”, para Venezuela, pero con un significado denigrante para la “sociedad”, y es el que se ha acarreando hasta hoy.

Como señala la historiadora Ana María Goetschel en su libro “re/construyendo historias de mujeres ecuatorianas”, durante la conformación de la República del Ecuador, la mujer fue la parte más débil del conglomerado excluido, identificado como “lo no ciudadano” e integrado por indios, negros y desposeídos.

Ni siquiera las mujeres blancas y blanco-mestizas fueron ciudadanas de plenos derechos, ellas dependían de la autoridad patriarcal y estaban excluidas del derecho al voto. Su papel se definía en torno al espacio familiar y doméstico, lo público-ciudadano era esencialmente masculino, visión que persiste con mucha fuerza hoy, 200 años después.

Pero para los sectores populares esta división apenas existía, hombres y mujeres participaban activamente del comercio y del trabajo y, a pesar de que no intervenían en la política, ellos y sus guarichas eran parte de los ejércitos que peleaban en las guerras civiles durante todo el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, en un número casi igual al de los hombres, caminando “fuerte” y cargando a los niños, ollas, alimentos y demás vituallas, como cuenta la historiadora Marieta Cárdenas, citada por Ana María Goetschel.

El apoyo material, militar y moral de estas mujeres permitió solventar las guerras civiles durante la Independencia y otras acciones patrióticas en las décadas siguientes.

En el proceso de la Independencia de Ecuador despuntaron figuras emblemáticas como Rosa Zárate y las tres Manuelas: la Sáenz, la Espejo y la Cañizares, junto a otras mujeres de Quito. En Guayaquil estuvieron las Garaicoa, de Cuenca hay que citar a Margarita Torres, Teresa Ramírez y Astudillo, Susana Bobadilla, Baltasara Calderón.

En esta estirpe de rebeldía se incluyen los nombres de las cuencanas Margarita Torres, madre del capitán Tomás Ordóñez; Teresa Ramírez y Astudillo, esposa de Vázquez de Noboa; Baltasara Calderón, hermana de Abdón; y el de Susana Bobadilla.

“Los patriotas se reunieron en la casa de Paulino Ordóñez, donde su mujer Margarita Torres los enfervorizó, incitando a su hijo el Teniente Tomás Ordóñez Torres para que recogiera gente y al siguiente domingo, (5) de noviembre, se amotinaran a la salida de la misa de la Iglesia de Todos los Santos, y concurrieron a la Casa del Cabildo con la finalidad de convocar a un Cabildo abierto y proclamar la independencia”, escribe el historiador y biógrafo Rodolfo Pérez Pimentel respecto a la independentista cuencana. Pero hay decenas y decenas de patriotas que continúan en la zona del anonimato y de las sombras.

En esa “zona de sombras”, como escribe el articulista Simón Valdivieso, está Susana Bobadilla,  panadera, quien, según el libro de actas del Cabildo de Cuenca, con fecha 2 de abril de 1822, se hizo presente ofreciendo proveer con las raciones de pan a las tropas y hospitales, al fiado. Su oferta fue aceptada y el Cabildo ordenó que el nombre de la patriota Susana se fije en carteles en los lugares públicos de nuestra ciudad. Entendemos así se hizo, pero sobre su gesta no hay mayores datos ni testimonios, solo el del viejo libro de actas.

Las citas históricas mencionan otro nombre, el de Teresa Ramírez y Astudillo, casada con José María Vázquez de Noboa, al de ella hay que agregar los de Manuela Garaicoa, Madre de Abdón Calderón, y el de Baltasara, hermana del Héroe Niño.

En suma, hay tantas mujeres, madres, hermanas, esposas, hijas, tías, primas, que se indignaron con la opresión de la Corona española y sus representantes criollos, y se involucraron en la lucha política, varias de ellas como agitadoras, otras como informantes, algunas se encargaron de conseguir y preparar los alimentos, las siguientes curaron las heridas de los soldados, lavaron y remendaron sus ropas, no pocas de ellas donaron sus bienes a la causa e inclusive empuñaron las armas, sin embargo sus nombres siguen hasta el momento en el anonimato.

Los personajes anónimos siguen construyendo la historia de Cuenca, pese al pwermanente abandono de los poderes centrales.

Pinchopata, el hijo de pura sangre que enfrentó a los españoles

En el escenario de los protagonistas anónimos que pelearon por la independencia de Cuenca, el 3 y 4 de noviembre, y el 20 de diciembre de 1820 en la Batalla de Verdeloma, no podían faltar los vecinos no tan vecinos como el caso de 11 nativos de lo que hoy es Gualaquiza, Morona Santiago. El historiador Octavio Cordero Palacios hace una magnífica reseña del episodio en su libro “Crónicas documentadas para la historia de Cuenca”.

“Alguien más intervino en el combate de Verdeloma, el más aguerrido y soberbio, indudablemente, de los héroes de ese día. LLamábase Pinchopata, jefe de la tribu de Los Gualaquizas. Véase el cómo se da su intervención.”

En 1816, el padre Fray Antonio José Prieto, del Colegio de Misiones de Santa Rosa de Ocopa, “descubrió las Jibarías de Gualaquiza y Bomboiza”. Para catequizarlas fue desde Cuenca el presbítero José Fermín Villavicencio. En 1820 instaló la casa conventual.

Brazo derecho del sacerdote era el lojano José Suero, quien se ganó el corazón de Pinchopata.

En 1820 las tribus vecinas atacaron la sede conventual ocasionando una “terrible matanza”. Suero, Pinchopata y otros 10 nativos lograron escapar luego de una valerosa defensa y llegaron a Cuenca, donde encontraron la protección  de Don Antonio Díaz Cruzado. La vinculación al movimiento independentista fue inmediata.

Tras el terrible revés en Verdeloma, para proteger a los nativos orientales de la aproximación de las tropas de Aymerich, Díaz Cruzado envío a los 10 compañeros de Pinchopata a Chaucha, donde un colono los secuestró y vendió en Balao.

Al enterarse del delito, José Suero, que sobrevivió a la masacre de Verdeloma, en 1822 y 1823 denunció el hecho al gobierno de Colombia, logrando reunirlos nuevamente en libertad, pero ya solo a cuatro, un hombre y tres mujeres, a quienes llevó a Loja, donde murieron poco después.

“Nada sabemos de la suerte de Pinchopata después de Verdeloma. ¿Murió allí? ¿Sobrevivió a la derrota? Solo hay que citar que el Ejército Realista que nos venció en Verdeloma se componía casi en su totalidad de españoles, los Dragones de Granada. “Bien estuvo que interviniese Pinchopata. El hijo de pura sangre de la raza vencida, con los hijos de pura sangre de la raza vencedora, hasta ese día”, subraya Cordero.

Movilización de masas y construcción de identidad

La historia oficial está plagada de los héroes conocidos y estudiados, no así de los héroes anónimos de los que muy poco o nada se dice, del papel de las mujeres, de los artesanos, maestros de oficios, comerciantes, de los jóvenes y de la gran mayoría de la población que apoyó estos acontecimientos, y lo sigue haciendo en la actualidad, coincide el historiador Blas Garzón, al comentar las acciones liberadoras de los otros protagonistas de la historia.

Entendiendo la historia como la movilización de masas a nivel regional y nacional, la gesta de Cuenca es el resultado de los esfuerzos mancomunados desde mucho tiempo atrás, cuyo punto de referencia más fuerte se ubica en el 10 de agosto de 1809, fecha que registra el despertar patriótico de la sociedad ecuatoriana que 11 años más tarde desencadena la lucha por la independencia de Cuenca.

Pero la construcción de la urbe como sociedad que configura una identidad propia data de mucho tiempo atrás y se desarrolla en un marco contextual específico y complejo.

Geográficamente, la urbe está anclada en un espacio físico de características especiales, alejada de los dos núcleos poblacionales que luego se convertirán en los polos de desarrollo más atendidos por los gobiernos centrales: Quito y Guayaquil.

Tiene una estructura de desarrollo muy particular, con un crecimiento sostenido, sí, pero en su gran mayoría autonómico y aprovechando al máximo las pocas influencias de sus contactos, sobre todo con Guayaquil y Lima.

En los preámbulos y en la época de la independencia, Santa Ana de los Cuatro Ríos estaba consolidando sus trazos coloniales y configurando sus rasgos identitarios, creencias, tradiciones.

Visitantes ilustres, como los miembros de la la Misión Geodésica Francesa, la describen como una ciudad pequeña, conventual, religiosa, artesanal, de avances limitados y de rasgos arquitectónicos únicos.

Empezó ya a recibir influencias externas y a modificar sus diseños arquitectónicos, cambios que tienen mayor empuje a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, gracias a las artesanías, el comercio de tejidos de lana y algodón, la producción agraria, minería metálica, pero por sobre todo la producción del sombrero de paja toquilla.

Con esto Cuenca pasa a convertirse en un eje de desarrollo económico, social, político, cultural y empieza a ser vista como una ciudad que aporta mucho al país.

Pero para ello los cuencanos tienen que enfrentar enormes dificultades. Bastante avanzado el siglo XX, como se verá más adelante, Cuenca apenas tiene angostas trochas para conectarse con las ciudades del resto del país, realidad que, inclusive en la actualidad, dista mucho de ser superada en los niveles adecuados para la satisfacción de los habitantes.

El aislamiento derivado de la falta de vías de acceso se mantiene hasta bastante avanzado el siglo XX, sostiene Garzón. Hay que recordar que las campanas para las iglesias y demás implementa religiosos; los muebles, pianos, adornos, objetos utilitarios, los primeros automóviles, son traídos desde Guayaquil a “lomo de indio” y de animales, en andas, en medio de las tremendas complicaciones por el clima cambiante y las condiciones geográficas. Los denominados guandos, indígenas que por su miseria no les queda otra alternativa que cargar el desarrollo ajeno, son aquí los héroes que siguen en el anonimato.

Cientos de personas cruzan el macizo del Cajas a pie y en largas jornadas cargando los objetos para las personas y familias pudientes en Cuenca. El sudor y la sangre de varios de los desheredados que pierden la vida en sus esfuerzos, quedan impregnados en los abismales paisajes cordilleranos andinos.

Luego van llegando los equipamientos para el bienestar de las familias, la primera planta de luz eléctrica, cargada desde Huigra, los equipos para la instalación del telégrafo, las máquinas para los talleres artesanales, los equipos para la dotación de agua, y así por el estilo.

Los cientos de guandos son parte esencial en el desarrollo de Cuenca.

1 comentario en «El Bicentenario  heredad de los héroes anónimos»

  1. jorge alvarado ochoa | el 16 abril, 2021 a las 16:49 | Responder

    Excelente.
    Cuando se publique haganos saber para adquirir el libro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*