Ecuador, pasado y futuro.

Imagen referencial.

En tiempo de elecciones presidenciales Ecuador debe optar entre dos alternativas, clásicas opciones que ofrece la propia historia del país. Cierto discurso electoral las muestra, metafóricamente, como el pasado y el futuro. Propaganda que nos quiere hacer creer que ese pasado es cronológico y se ubica en la década 2007-2017, y que se contradice a un futuro representado supuestamente por la derecha ecuatoriana.

El dilema no es un asunto semántico de cómo nombrar al tiempo, es un problema conceptual de cómo entender las alternativas históricas que enfrenta el país. Atrapado en el presente, Ecuador deberá elegir entre dos formas de concebir el mundo que expresan ideologías contrapuestas.

Visto de ese modo, se quiere entender el voto como una herramienta utilitaria, pero el voto en realidad es una herramienta reivindicativa. El pueblo hace uso de ella con esperanza de cambiar un modelo político que nos remite a la inseguridad social. Inseguridad relacionada con una percepción de orfandad del Estado. Desatención estatal emparentada con la crisis de legitimidad institucional que vive el país. Los ecuatorianos buscamos respuestas a necesidades prioritarias que confiamos se encuentren en las opciones electorales: qué hacer, cómo, con quien y para quién gobernar.

¿El pasado en el presente?

En un clásico texto de la literatura social ecuatoriana, Ecuador, pasado y presente, publicado por la Universidad Central en 1975, se sitúa al tiempo histórico caracterizado por hechos y no por metáforas. Acontecimientos que dan cuenta de etapas evolutivas de la formación económico-social. Se trata de una perspectiva que ubica los aconteceres históricos dentro de un contexto con pleno sentido. Algo necesario de hacer en la actualidad.

El mayor reto para nuestras generaciones es encontrar el sentido profundo de la historia, que no comprende solo el pasado, pues el futuro por construir da significado al presente. La historia es movimiento. Hay un peor pasado cuyo tiempo no fue mejor. No es un tiempo cronológico. Es un momento conceptual que refleja tradicionales injusticias, privilegios exclusivos amparados en una política que carece de sentido social.

La derecha y su propaganda se esfuerzan en convencer de que el dilema es elegir entre el futuro, que dicen representar sus candidatos, o encontrar un pasado correista en el futuro. Sin embargo, la disyuntiva de Ecuador, pasado y futuro, no es temporal. Es ideológica entre concebir un país organizado por un gobierno que precautele intereses colectivos y garantice la justicia social; o un país regentado por el neoliberalismo impuesto, internacionalmente, como un modelo que se pretende naturalizar en la sociedad subdesarrollada de Ecuador.

El progresismo representa la concepción contraria y se opone al pasado, en ese sentido es  progreso de una evolución conceptual. Implica la superación de un modelo que consagra privilegios económicos, estatus sociales y visiones culturales del mundo, como realidades inamovibles. Eso explica el ataque perpetrado por sectores conservadores ante la eventualidad de verse desplazados del poder.

La opción de los pueblos radica en la libertad de tomar conciencia de su necesidad.

¿En esa toma de conciencia el destino del país está en nuestras manos o en el próximo presidente? En democracia elegimos al presidente que moldea con sus políticas públicas el destino del país. No obstante, tenemos dentro de esa misma democracia la opción de rechazar ese destino.

Necesitamos cambiar el futuro. Y esa es una opción ideológica, cuya elección es crucial. Concebimos el país bajo la mirada de un futuro diferente o convertimos el pasado inamovible en el nuevo futuro.

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